Para leer al atardecer IV
»-Bien, Clara -dijo el amo en voz baja-. Ya ves que no hay nada. ¿Eres feliz?
»El ama se sentía muy animada. Enseguida se habituó a aquel feo palacio y empezó a cantar, a tocar el arpa, a copiar los viejos cuadros y a pasear con el amo bajo los árboles verdes y los emparrados el día entero. Ella era hermosa. Él se sentía feliz. Solía echarse a reír y me decía, montando a caballo por la mañana antes de que apretara el calor:
»-¡Baptista, todo va bien!
»-Así es, signore, gracias a Dios, todo va muy bien.
»No recibíamos visitas. Llevé a la bella al Duomo y a la Annunciata, al café, a la ópera, al pueblo de Festa, a los jardines públicos, al teatro diurno, a las marionetas. La hermosa estaba encantada con todo lo que veía. Y aprendió italiano milagrosamente. ¿Se había olvidado totalmente el ama de ese sueño?, le preguntaba a veces a Carolina. Casi, contestaba la bella... casi. Estaba olvidándolo.
»Un día, el amo recibió una carta y me llamó.
»-¡Baptista!
»-¡Signore!
»-Se me ha presentado un caballero que cenará hoy aquí. Dice llamarse signore Dellombra. Dispón que cene como un príncipe.
»Era un nombre extraño que yo desconocía Pero últimamente había muchos nobles y caballeros perseguidos por los austriacos por sospechas políticas y algunos habían cambiado de nombre. Quizá éste fuera uno de ellos. Dellombra era para mí un nombre tan bueno como cualquier otro.
»Cuando llegó a cenar el signore Dellombra (contó el correo genovés en voz baja, tal como había hecho en otra ocasión), lo llevé hasta la sala de recibir, el gran salón del viejo palazzo. El amo le recibió con cordialidad y le presentó a su esposa. Al levantarse ésta le cambió el rostro, lanzó un grito y cayó desmayada sobre el suelo de mármol.
»Entonces volví la cabeza hacia el signore Dellombra y vi que iba vestido de negro, que tenía un aire reservado y secreto, que era un hombre oscuro de muy buen aspecto, de cabellos negros y mostacho gris.
»El amo levantó a su esposa en brazos y la llevó al dormitorio, donde yo envié inmediatamente a la bella Carolina. Ésta me contó después que el ama estaba aterrada mortalmente, y que se pasó toda la noche pensando en el sueño.
»El amo se encontraba molesto y ansioso... más colérico, pero muy solícito. El signore Dellombra era un caballero cortés y habló con gran respeto y simpatía del hecho de que el ama se encontrara tan enferma. El viento africano llevaba soplando algunos días (así se lo habían dicho en su hotel de la Cruz de Malta), y él sabía que a menudo era dañino. Deseaba que la hermosa dama se recuperara pronto. Pidió permiso para retirarse y renovar su visita cuando pudiera tener la felicidad de saber que su esposa estaba mejor. El amo no se lo permitió y cenaron a solas.
»Se retiró pronto. Al día siguiente llegó a caballo hasta la puerta para preguntar por el ama. En aquella semana, lo hizo en dos o tres ocasiones.
»Lo que yo observé por mí mismo, unido a lo que la bella Carolina me contó, me bastó para comprender que el amo había decidido curar a su esposa de su caprichoso terror. Era todo amabilidad, pero se mantuvo sensato y firme. Razonó con ella que estimular esas fantasías era provocar la melancolía, cuando no la locura. Que tenía que ser ella misma. Que si lograba enfrentarse a su extraña debilidad y recibir felizmente al signore Dellombra tal como una dama inglesa recibiría a cualquier otro invitado, habría vencido su fantasía para siempre. Para abreviar, el Signore regresó, y el ama lo recibió sin que se le notara ninguna preocupación (aunque todavía con ciertas limitaciones y aprensiones), por lo que la noche pasó serenamente. El amo estaba tan complacido con este cambio, y tan deseoso de confirmarlo, que el signore Dellombra se convirtió en un invitado constante. Era muy entendido en cuadros, libros y música, y su compañía habría sido bien recibida en cualquier palazzo triste.
»Muchas veces observé que el ama no se había recuperado del todo. Delante del signore Dellombra bajaba la mirada e inclinaba la cabeza, o lo contemplaba con una mirada aterrada y fascinada, como si su presencia tuviera sobre ella una influencia o un poder malignos. Pasando de ella a él, solía verlo en los jardines sombreados, o en la gran sala iluminada a medias, podríamos decir que «mirándola fijamente desde la oscuridad». Pero lo cierto es que yo no había olvidado las palabras de la bella Carolina al describir el rostro del sueño.
»El ama se sentía muy animada. Enseguida se habituó a aquel feo palacio y empezó a cantar, a tocar el arpa, a copiar los viejos cuadros y a pasear con el amo bajo los árboles verdes y los emparrados el día entero. Ella era hermosa. Él se sentía feliz. Solía echarse a reír y me decía, montando a caballo por la mañana antes de que apretara el calor:
»-¡Baptista, todo va bien!
»-Así es, signore, gracias a Dios, todo va muy bien.
»No recibíamos visitas. Llevé a la bella al Duomo y a la Annunciata, al café, a la ópera, al pueblo de Festa, a los jardines públicos, al teatro diurno, a las marionetas. La hermosa estaba encantada con todo lo que veía. Y aprendió italiano milagrosamente. ¿Se había olvidado totalmente el ama de ese sueño?, le preguntaba a veces a Carolina. Casi, contestaba la bella... casi. Estaba olvidándolo.
»Un día, el amo recibió una carta y me llamó.
»-¡Baptista!
»-¡Signore!
»-Se me ha presentado un caballero que cenará hoy aquí. Dice llamarse signore Dellombra. Dispón que cene como un príncipe.
»Era un nombre extraño que yo desconocía Pero últimamente había muchos nobles y caballeros perseguidos por los austriacos por sospechas políticas y algunos habían cambiado de nombre. Quizá éste fuera uno de ellos. Dellombra era para mí un nombre tan bueno como cualquier otro.
»Cuando llegó a cenar el signore Dellombra (contó el correo genovés en voz baja, tal como había hecho en otra ocasión), lo llevé hasta la sala de recibir, el gran salón del viejo palazzo. El amo le recibió con cordialidad y le presentó a su esposa. Al levantarse ésta le cambió el rostro, lanzó un grito y cayó desmayada sobre el suelo de mármol.
»Entonces volví la cabeza hacia el signore Dellombra y vi que iba vestido de negro, que tenía un aire reservado y secreto, que era un hombre oscuro de muy buen aspecto, de cabellos negros y mostacho gris.
»El amo levantó a su esposa en brazos y la llevó al dormitorio, donde yo envié inmediatamente a la bella Carolina. Ésta me contó después que el ama estaba aterrada mortalmente, y que se pasó toda la noche pensando en el sueño.
»El amo se encontraba molesto y ansioso... más colérico, pero muy solícito. El signore Dellombra era un caballero cortés y habló con gran respeto y simpatía del hecho de que el ama se encontrara tan enferma. El viento africano llevaba soplando algunos días (así se lo habían dicho en su hotel de la Cruz de Malta), y él sabía que a menudo era dañino. Deseaba que la hermosa dama se recuperara pronto. Pidió permiso para retirarse y renovar su visita cuando pudiera tener la felicidad de saber que su esposa estaba mejor. El amo no se lo permitió y cenaron a solas.
»Se retiró pronto. Al día siguiente llegó a caballo hasta la puerta para preguntar por el ama. En aquella semana, lo hizo en dos o tres ocasiones.
»Lo que yo observé por mí mismo, unido a lo que la bella Carolina me contó, me bastó para comprender que el amo había decidido curar a su esposa de su caprichoso terror. Era todo amabilidad, pero se mantuvo sensato y firme. Razonó con ella que estimular esas fantasías era provocar la melancolía, cuando no la locura. Que tenía que ser ella misma. Que si lograba enfrentarse a su extraña debilidad y recibir felizmente al signore Dellombra tal como una dama inglesa recibiría a cualquier otro invitado, habría vencido su fantasía para siempre. Para abreviar, el Signore regresó, y el ama lo recibió sin que se le notara ninguna preocupación (aunque todavía con ciertas limitaciones y aprensiones), por lo que la noche pasó serenamente. El amo estaba tan complacido con este cambio, y tan deseoso de confirmarlo, que el signore Dellombra se convirtió en un invitado constante. Era muy entendido en cuadros, libros y música, y su compañía habría sido bien recibida en cualquier palazzo triste.
»Muchas veces observé que el ama no se había recuperado del todo. Delante del signore Dellombra bajaba la mirada e inclinaba la cabeza, o lo contemplaba con una mirada aterrada y fascinada, como si su presencia tuviera sobre ella una influencia o un poder malignos. Pasando de ella a él, solía verlo en los jardines sombreados, o en la gran sala iluminada a medias, podríamos decir que «mirándola fijamente desde la oscuridad». Pero lo cierto es que yo no había olvidado las palabras de la bella Carolina al describir el rostro del sueño.


1 Comments:
Curiosamente el poema que has puesto, y no has nombrado (ya lo hago yo "The Arrow-La Flecha") es mi preferido de Yeats.
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